música

domingo, 20 de septiembre de 2020

LA CAJA LLENA DE BESOS

 

 

Hace ya un tiempo, un hombre castigó su pequeña niña de 3 años por desperdiciar un rollo de papel dorado de envoltura. El dinero era escaso en esos días, por lo que explotó furioso cuando vio a la niña tratando de envolver una caja para ponerla debajo del árbol de navidad.
Sin embargo, la niña le llevó el regalo a su padre a la siguiente mañana y dijo: ‘”Esto es para ti, papito’”. Él se sintió avergonzado de su reacción de furia, pero después volvió a explotar cuando vio que la caja estaba vacía. Por segunda vez la regañó diciendo:
- Qué ¿No sabes que cuando das un regalo a alguien, se supone que debe haber algo dentro?
La pequeñita miró a su padre con lágrimas en los ojos y dijo:
- ¡Oh papito!, no está vacía, yo soplé besos dentro de la caja, todos para ti.”
El padre se sintió morir. Puso los brazos alrededor de su niña y le suplicó que lo perdonara.
Se ha dicho que el hombre guardó esa caja dorada cerca de su cama por años y siempre que se sentía derrumbado, él tomaba de la caja un beso imaginario y recordaba el amor que su niña había puesto aquel día.
Autor desconocido
 

El puzzle del mundo

 


 Un científico, vivía con preocupación todos los problemas del mundo. Estaba decidido a encontrar por todos los medios una solución. Pasaba días en su laboratorio, en busca de respuestas.
Cierto día, su hijo de 7 años, invadió su lugar de trabajo, dispuesto a ayudarle a encontrar esa ansiada solución. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiera distraer su atención:
Encontró una revista, donde había un mapa del mundo, ¡justo lo que precisaba!
Con una tijera, recortó el mapa en varios pedazos y se los entregó al niño con un rollo de cinta, diciendo:
- Hijo, como te gustan tanto los rompecabezas, te voy a dar el mundo en pequeños pedazos, para que lo repares.
El científico pensaba, quizás se demoraría meses en resolverlo, o quizás nunca lo lograse, pero por lo menos, le dejaría tranquilo por un tiempo; pero no fue así. Pasada algunas horas, escuchó la voz del niño:
- Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo.
Al principio el padre no dio crédito a las palabras del niño. ¡No puede ser, es imposible que a su edad, haya conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes!
Levantó la vista de sus anotaciones, con la certeza de que vería un trabajo digno de un niño: Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo había sido capaz?
- Hijito, tú no sabías cómo es el mundo, ¿cómo lograste armarlo?”
- Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que en el otro lado del papel aparecía la figura de un hombre. Así que le di la vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía cómo era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y me di cuenta que había arreglado el mundo.
Autor desconocido
 

domingo, 14 de junio de 2020

LA SEÑAL



El único superviviente de un naufragio llegó a una isla deshabitada. Pidió fervientemente a Dios ser rescatado, y cada día divisaba el horizonte en busca de una ayuda que no llegaba. Cansado, optó por construirse una cabaña de madera para protegerse de los elementos y guardar sus pocas pertenencias.
Un día, tras merodear por la isla en busca de alimento, cuando regresó a la cabaña la encontró envuelta en llamas, con una gran columna de humo levantándose hacia el cielo. Lo peor había ocurrido: lo había perdido todo y se encontraba en un estado de desesperación y rabia.
--¡Oh Dios!, ¿cómo puedes hacerme esto? --se lamentaba.
Sin embargo, al amanecer del día siguiente se despertó con el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Habían venido a salvarlo.
--¿Cómo supieron que estaba aquí? --preguntó a sus salvadores.
--Vimos su señal de humo --contestaron ellos.
Es muy fácil descorazonarse cuando las cosas marchan mal. Recuerda que cuando tu cabaña se vuelva humo, puede ser la señal de que la ayuda está en camino.



martes, 2 de junio de 2020

El verdadero valor

El dueño de una tienda estaba colocando un anuncio en la puerta que decía: «Cachorritos en venta».Esta clase de anuncios siempre atraen a los niños, y pronto apareció uno en la tienda preguntando cuál era el precio de los perritos.El dueño contesto que oscilaba entre 30 y 50 euros. El niño metió la mano en su bolsillo, sacó unas monedas y dijo: «Sólo tengo 2 con 37, ¿puedo verlos?»El hombre sonrió y silbó. De la trastienda salió su perra corriendo seguida por cinco perritos. Uno de los perritos estaba quedándose considerablemente atrás. El niño inmediatamente señaló al perrito rezagado que cojeaba y preguntó qué le pasaba.El hombre le explicó que, cuando el perrito nació, el veterinario le dijo que tenía una cadera defectuosa y que cojearía por el resto de su vida.El niño se emocionó mucho y exclamó: «¡Ese es el perrito que yo quiero comprar!»Pero el hombre replicó: «No, tú no vas a comprar ese cachorro: si tú realmente lo quieres, yo te lo regalo».El niño entonces se disgustó, y mirando directo a los ojos del hombre le dijo: «Yo no quiero que usted me lo regale. Él vale tanto como los otros perritos y yo le pagaré el precio completo. Le voy a dar 2,37 € ahora, y 50 céntimos cada mes hasta que lo haya pagado completo».El hombre insistió en su idea: «Pero tú no querrás comprar ese perrito, hijo. Él nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros perritos».El niño se agachó y se levantó las perneras de su pantalón para mostrar su pierna izquierda, cruelmente retorcida e inutilizada, soportada por un gran aparato de metal. Miró de nuevo al hombre y le dijo: «Bueno, yo no puedo correr muy bien tampoco, y el perrito necesitará a alguien que lo entienda».Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas. Sonrió y dijo: «Hijo, sólo espero y rezo para que cada uno de estos cachorritos tenga un dueño como tú».

El portero

No había peor oficio en el pueblo que ser “el portero del prostíbulo” Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra habilidad ni conocía otro oficio.
Un día, se hizo cargo del prostíbulo un joven negociante con muchas inquietudes, muy creativo y emprendedor y decidió modernizar el negocio.
Hizo cambios y citó a todo el personal para dar las nuevas instrucciones de su reglamento. Al portero, le dijo:
“A partir de hoy, usted, además de estar en la puerta, va a preparar un informe semanal donde registrará la cantidad de personas que entran y además anotará sus comentarios y recomendaciones sobre el servicio”
“Me encantaría complacerlo, señor, pero no se leer ni escribir” -le dijo el portero.
“¿Cómo?... cuánto lo siento, pero indiscutiblemente tendré que prescindir de sus servicios, pues así no me es de utilidad”.
“Pero señor, usted no me puede despedir, ¡yo he trabajado en esto toda mi vida!...”
“Mire, yo comprendo y lo siento mucho, pero no puedo hacer nada por usted, le vamos a dar una indemnización y espero que le baste hasta que encuentre otro trabajo u oficio. De veras que lo lamento y que tenga buena suerte”. Sin más, se dio vuelta y se fue. El portero sintió que el mundo se le venía encima. ¿Qué voy hacer, Dios mío?...
Recordó que en el prostíbulo, cuando se rompía una silla o se arruinaba una mesa, el lograba hacer un arreglo sencillo y provisional.
Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta conseguir un empleo, pero solo contaba con unos clavos oxidados y una tenaza arruinada.
Entonces pensó que usaría parte del dinero de la indemnización para comprar una caja de herramientas completa.
Como en el pueblo no había ninguna ferretería, tenía que viajar dos días en mula para ir al pueblo mas cercano a realizar la compra. Ensilló el animal y emprendió el viaje. Habiendo regresado ya a casa, cierto día un vecino llamó a su puerta:
“¡Hola vecino!, vengo a ver si tiene un martillo que me pueda prestar”.
“Si, tengo uno, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar”
“Entiendo, pero yo se lo devolvería mañana temprano". “¡Esta bien!
A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.
“Mire amigo, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?”
“¡No puedo!, lo necesito para trabajar y además la ferretería está a dos días de camino” 
“Hagamos un trato - dijo el vecino- Yo le pagaré los días de ida y vuelta mas el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?”
Realmente, esto le daba trabajo por cuatro días y aceptó. Volvió a montar su mula y a su regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
“¡Hola, vecino! Usted le vendió un martillo a mi amigo, vengo a decirle que yo necesito unas herramientas y estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje, mas una pequeña ganancia... mire, no dispongo de tiempo para el viaje.”
El ex-portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.
Mientras iba por el camino recordaba las palabras de su vecino:
“No dispongo de cuatro días para ir a comprar las herramientas.”
Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara para traer herramientas.
En el viaje siguiente, arriesgó un poco mas de dinero trayendo más herramientas de las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo en viajes. La voz empezó a divulgarse por el pueblo y muchos quisieron evitarse el viaje.
Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes. Con el tiempo alquiló un galpón para almacenar las herramientas y algunas semanas después, adaptó una vidriera y el galpón se transformó en la primera ferretería del pueblo.
Todos estaban contentos y compraban en su negocio.
Ya no viajaba, los fabricantes le enviaban sus pedidos, el era un buen cliente. Con el tiempo, las comunidades cercanas preferían comprar en su ferretería y ganarse los días de camino.
Un día, se le ocurrió que su amigo el tornero, podría fabricarle las cabezas de los martillos.
Y luego, ¿por qué no?, las tenazas... las pinzas... los cinceles... y luego fueron los clavos y los tornillos... En diez años, aquel hombre se transformó en millonario con su trabajo como fabricante de herramientas. Un día decidió donar una escuela a su pueblo. En ella, además de leer y escribir, se enseñarían las artes y oficios más prácticos del momento
En el acto de inauguración de la escuela, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad, hizo que cortara la cinta, lo abrazó y le dijo:
“Es un gran orgullo para nosotros agradecerle por este gesto tan meritorio para nuestra comunidad el que usted nos haya donado esta escuela; le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas.”
“El honor sería para mi.” dijo el hombre.
“Nada me gustaría más que firmar allí, pero no se leer ni escribir; soy totalmente analfabeto.”
“¿Usted iletrado?...” dijo el Alcalde que no alcanzaba a creerlo.
“¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? ¡Estoy realmente asombrado! Me pregunto, ¿qué hubiera sido de usted si hubiera sabido leer y escribir?”
“Yo se lo puedo contestar”  respondió el hombre con calma.
“Si yo hubiera sabido leer y escribir... ¡sería el portero del prostíbulo!” Generalmente los cambios son vistos como adversidades, pero las adversidades siempre encierran bendiciones.
Las crisis están llenas de oportunidades.
Todo cambio pasa para nuestro bien y lo que consideramos una desgracia hoy, puede ser la gran oportunidad que transformará nuestra vida para siempre.

Señora de Ibáñez


Dos médicos jóvenes estaban atendiendo a una señora, haciéndola una revisión: «Ahora, Teresa, acuéstese para que podamos examinarla». Los médicos conversaban mientras trabajaban, llamándose uno al otro por sus nombres de pila, Eduardo y Roberto. Cuando la señora respondía a sus preguntas, también les llamaba por sus nombres.
En el momento de retirarse, uno de ellos se dirigió a la mujer y le dijo en voz baja y condescendiente:
—¿Sabe, Teresa? Los médicos estudiamos y trabajamos mucho durante años para aprender nuestra profesión. Nos gustaría, pues, que se dirigiera a nosotros llamándonos «doctor».
La señora puso su mano en el brazo del facultativo y le dijo:
—Estuve casada durante 32 años con un hombre maravilloso. Educamos a una hija maravillosa y, créame, también yo estudié y trabajé denodadamente para llegar a ser una buena esposa y madre. Por tanto, le propongo que hagamos un trato: llámeme «señora de Ibáñez», y le prometo llamarle «doctor».

La leyenda del verdadero amigo

Dice una linda leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron. El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:
HOY, MI MEJOR AMIGO ME PEGÓ UNA BOFETADA EN EL ROSTRO.
Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra:
HOY, MI MEJOR AMIGO ME SALVÓ LA VIDA.
Intrigado, el amigo preguntó:
-¿Por qué después que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió:
-Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.